Hace tiempo que tengo una lucha interna entre lo que parece que debemos hacer y lo que pienso que deberíamos hacer.

Hace años, concurría (como la mayoría de mis compañeros de profesión) a las ayudas públicas a producción cultural, y la crisis del 2008 y el hartazgo del ritmo de fábrica de salchichas, a producción por año, me escupió de la rueda y me caí del sistema.

Estuve un largo periodo fuera de radar, refugiada en prácticas menos expuestas como la docencia, y me sobrevino la maternidad, porque no fue algo buscado.

Tres años después de esto, huyendo de una vida sin sentido, volví a las andadas, pero algo en mí había cambiado. No quería entrar de nuevo en la rueda, sólo trabajar lo más dignamente posible. Mi objetivo primordial no era el desarrollo profesional, era la necesidad de comunicarme desde la escena. Quizá, porque desde pequeña he estado en ella y siempre la he entendido como un espacio protegido, aunque, curiosamente, es el lugar donde más nos exponemos. Estando en escena, la gente te escucha con una actitud más amable, o al menos respetuosa, porque —supongo— sobreentienden que lo que dices desde ahí lo has pensado mucho previamente y, detrás, hay una intención y una necesidad por tu parte.

En este retorno al rebaño, reviví una y otra vez la frustración de los mecanismos de financiación pública, que no financian a los artistas, sino a la maquinaria empresarial del arte. Los artistas se autofinancian a base de auto explotación.

Pero ¿Cómo funcionar en los márgenes de ese mecanismo? ¿Cómo luchar por unas condiciones dignas de trabajo sin pervertir lo esencial? ¿Cómo mimarnos, cuidarnos y crecer juntos mientras creamos? En peores o mejores condiciones, siempre desde una posición de amor incondicional al trabajo entorno a la escena y la creación.